Andrés Aberasturi: Suicidio cultural

Por Andrés Aberasturi.

(Reproducimos, con permiso del autor, el contenido de su artículo publicado en diariocritico.com).

Se vuelve a trabajar en alguna comisión del Congreso sobre una directiva europea disparatada y bastante más seria y trascendente que la opas: el pago que se pretende que hagan las bibliotecas por cada libro que presten, una especie de canon que cobrarán las editoriales y una extraña representación de autores en la que no sé hasta que punto son todos los que están, pero que, desde luego, en absoluto están -ni de lejos- todos los que realmente son.

La mayoría de las bibliotecas de nuestro país son públicas y se mantienen gracias al trabajo ilusionado de los/las bibliotecarias y al empeño de muchos buenos maestros que incitan a la lectura. ¿Los fondos para compras? Pregunten y se sonrojarán: en la mayoría de los casos apenas hay dinero. Y lo cierto es que ya casi todos los pueblos, por pequeños que sean, cuenten con su biblioteca y lo que es aun más importante: casi siempre que vas, están animadas, con gente, con vida. A una generación como la nuestra se nos pone, ante este panorama, esa sonrisa tontorrona de la ilusión en el futuro, de la esperanza en una generación que no solo se da a la play station sino también -y muchas veces una cosa lleva a la otra- al libro-de-toda-la-vida.

Llegar a esta situación -que sin ser la ideal es infinitamente mejor que la de nuestra infancia- nos ha costado mucho esfuerzo, mucha donación, mucha vocación y lo que aún nos queda. Pues bien, ahora llega una normativa de Bruselas en la que se pretende obligar a todas las bibliotecas a pagar a editores y autores por prestar un libro. Y como todo el mundo sabe que las bibliotecas son la primera preocupación de las Administraciones, pues sin problema: les sobra el dinero. Pero no es Bruselas, claro, porque a nadie con dos dedos frente se le ocurriría semejante disparate. Detrás de esa normativa están los intereses economicos de siempre, grupos editoriales y un puñado de autores que, o cobran de esta forma para mi inmoral, o en su vida verán un euro porque, sencillamente, no venden.

Como un poco autor, bastante europeo y muy amante de la lectura, siento una profunda vergüenza. Exijo -y pido desde aquí a los escritores que estén de acuerdo que también lo expresen- que si alguna vez alguien pide un libro mío en una biblioteca, no solo no se cobre un euro sino que se le de las gracias por leerme. Y lo exijo como autor de ese libro y porque la biblioteca ya ha pagado por su compra y se acabó. Lo que luego haga con mi libro, lo preste o no, ya es cosa suya. Entramos pues en el debate de la extensión de los derechos de autor que en el caso de la literatura me parece inmoral. Pero no a mi, que apenas cuento; desde que esa normativa se puso en marcha, la inmensa mayoría de los autores serios, de los que de verdad tienen lectores, han manifestado en muchísimos foros que están contra semejante disparate. ¿Y qué decir de las editoriales? Resulta incomprensible que no entiendan que los lectores de biblioteca de hoy son los que en un futuro mantendrán el negocio. ¿A qué estamos jugando? ¿A qué esa preocupación por las nuevas tecnologías como peligro para la lectura de libros si luego lo primero que hacemos es dar una patada en la boca a los que preocupan porque la gente lea?

Bruselas no es el monte Sinai y de vez en cuando conviene plantar cara y hasta desobedecerla. Por ejemplo en esta ocasión. Si con la que está cayendo ponemos más difícil aun la vida de las bibliotecas, es que somos unos suicidas culturales. Quisiera nombres de los autores que quieren cobrar por el préstamo y de las editoriales que apoyan una medida tan miserable. Y desde aquí, sin que sirva de precedente, pido cualquier tipo de manifestación que consiga frenar lo que no soy capaza de interpretar más que como bastardos intereses económicos de unos pocos frente a toda la sociedad.