Puedes celebrar el Día del Libro leyendo una carta de amor a tú biblioteca.

Desde luego que una hermosa manera de celebrar este Día del Libro es la de leer una carta de amor a la biblioteca como la que nos ha dejado esta usuaria:

 

 

‘San Fernando de Henares, a 23 de abril de 2012

Querida Biblioteca:

 

Ahora que estás viviendo uno de tus peores momentos, en que corres grave peligro y te muestras tan vulnerable. Ahora que algunos aprovechan para tratarte inmerecida e injustamente, siento la gran necesidad de contarte muchas cosas, de mostrarte el amor que siempre he sentido por ti, porque quiero reconfortarte, quiero que sepas que no estás sola, que eres muy querida y apreciada… Sabes que siempre me resultó difícil expresar el gran amor que he sentido y siento por ti y también sabes que éste viene de lejos, desde hace tanto tiempo que casi ni me acuerdo. Yo prácticamente no sabía ni leer ni escribir cuando te conocí por primera vez, y desde entonces no he podido separarme de ti. Y cuando realmente mi amor se me manifestó con toda su irrefrenable fuerza fue en ese momento en el que descubrí ese poderoso sentimiento, durante la anhelada adolescencia. Entonces la sensibilidad y la emoción fluían en mi descontroladamente, y, en un intento por organizar mis inconfesables sentimientos, te encontré. Allí estabas, con tu eterna sonrisa y tu amable gesto, para ayudarme, para calmarme, para arrullarme. Siempre estuviste dispuesta a cuidarme, a reconfortarme, y desde entonces, jamás he podido prescindir de tu compañía.

Ocurrió durante mis años colegiales, cuando sentía que jamás me integraría del todo con mis compañeros de clase. Allí te encontré, estabas esperándome con alegría y me pareciste tan maravillosa y mágica, que me fascinaste desde el primer momento. Eras un universo repleto de historias, emociones, sueños y fantasía y decidí dedicar prácticamente todos mis solitarios recreos a visitarte. Me permitiste descubrir los mil y un fantásticos cuentos orientales, con los que viajé por exóticos lugares, y gracias a ti conocí mundos lejanos y compartí fascinantes experiencias con extraños personajes, siniestros unos y maravillosos otros. Contigo leí y hasta memoricé los mejores versos del romancero, del Arcipreste de Hita, del Marqués de Santillana, de Garcilaso, de Santa Teresa de Jesús, de Calderón, de Lope, de Quevedo, de Góngora, de Shakespeare, de Cervantes, de Dickens, de los hermanos Machado, de Rosalía de Castro, de Lorca, de Gloria Fuertes y de tantos otros. También me permitiste descubrir el fantástico mundo de Bécquer expresado en sus Leyendas y las dulces manifestaciones de amor de sus preciosas Rimas, que me incitaron a intentar escribir las mías propias, para expresarte secretamente mi inconfesable amor. Pude viajar a tu lado por miles de fascinantes historias, algunas impresionantes, como El Conde de Montecristo o La Odisea, otras más tranquilas y entrañables, como Mujercitas. Me mostraste que en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no querías acordarte, hubo un caballero que, junto a su campechano escudero, recorrió montañas y valles, viviendo épicas batallas y llegando incluso a luchar contra terribles gigantes. Y hasta descubrimos juntos que un burrito, llamado Platero, podía ser el mejor y más cálido amigo.

 

Me hiciste reír, llorar, anhelar, soñar, disfrutar, viajar, descubrir, imaginar, amar y ser amada. Me mostraste que un libro es el mejor compañero, que siempre está ahí, esperando pacientemente a que lo abras y te sumerjas en sus fascinantes historias. Me enseñaste a hablar, a escuchar, a entender, a pensar, a expresar, a escribir, a ser mujer, a ser persona.

 

Por todo ello, te estoy tan agradecida. Siento que sólo puedo compensar todo lo que me has dado mostrándote mi amor, un amor que es y será para siempre, incondicionalmente eterno, un amor que será de esa clase de amores que nunca perecen, como muchos que me mostraste en tus libros. Ahora que sé que me necesitas más que nunca, te ofrezco todo lo que tantas veces me ofreciste a mi cuando te necesité. Déjame que te quiera, que te acompañe y te arrulle, como tantas veces hiciste conmigo. Sólo espero que estés ahí siempre y que pueda seguir contando contigo como hasta ahora he contado.

 

Querida biblioteca “pública”, nunca me había atrevido a decírtelo, pero hoy siento que te mereces estas palabras, hoy sí que me atrevo a decirlo muy alto para que las conozca todo el mundo, para que sepan que nuestro amor trasciende y trascenderá todas las fronteras. Mi amada biblioteca, “te quiero”, y espero que jamás olvides que “yo pagaré tu amor con el exceso / con que pagan las flores al abril; / mil besos te daré por sólo un beso, / por un abrazo yo te daré mil.[1]

 

 

Virginia Gutiérrez Marañón’

 


[1] Atribuido a Espronceda, José de: El arrepentimiento