Cosas que nos dejó el Día del Libro (I): Más cartas de amor a la biblioteca.

Nos han llegado más cartas de amor que han convertido este Día del Libro en un auténtico San Valentín bibliotecario. Esta es la de Blanca Calvo:

‘Siempre hemos vivido juntas, biblioteca. Desde que me concibió mi madre, que trabajaba para ti, o en ti, o contigo. Durante nueve meses te visité todos los días, y también después, de niña, y de estudiante, cuando era más importante para mí ligar que estudiar y tú, siempre comprensiva, me ayudabas en lo uno y en lo otro. Tu olor y tu calor me han acompañado cada día de mi vida, quizá por eso me captaste y al acabar los estudios te elegí para trabajar yo también para ti, o en ti, o contigo.

He criado a mis hijos en tu seno y he asistido a tu propio crecimiento, que te ha llevado a extenderte por toda una ciudad. Hemos compartido alguna tristeza y muchas alegrías, momentos de plenitud y exaltación. Eres mi segunda piel, mi rincón de la serenidad, mi luz y mi sustento. No sé si todo eso que yo siento es amor.

Dicen los expertos que la admiración es un importante componente del amor, y hoy tengo que decirte, biblioteca, que mi admiración hacia ti no tiene límites.

Te admiro porque eres el lugar igualitario donde cualquier persona puede formarse y transformarse, donde los que nacen sin recursos los encuentran, donde se aprende a compartir y a aceptar las diferencias.

Te admiro porque, si se acepta la definición de padre que hace tiempo acuñó mi hijo Anxo (“un padre es el que te responde todas las preguntas”), es evidente que tú eres padre. Y si seguimos aceptando que “una madre es la que te resuelve todos los problemas”, eres madre. Eres acogedora y estás siempre disponible. Eres un cálido lugar de encuentro donde cualquiera puede curar sus aflicciones.

Te admiro porque eres transformista. Como un camaleón adoptas cualquier forma para ser útil a la gente: en una comunidad eres barco, en otra bicicleta, en otra autobús, en otra carretilla, o maleta, o simple bolsa. Incluso tomas forma de animal y te haces burro, camello o elefante con tal de llegar a los que necesitan tus servicios.

Te admiro porque unes a la gente. Consigues que los abuelos disfruten al mismo tiempo que sus nietos; favoreces el nacimiento de grupos de individuos que tienen intereses similares; enlazas las manos y miradas de personas que van leyendo, una tras otra, los libros que les prestas.

Te admiro porque aunque tienes muchos años te conservas fresca y joven, siempre inagotable, abierta a cualquier cambio que pueda ampliar tu acción beneficiosa.

Te admiro porque eres pública y gratuita. Porque en ti pueden lavarse los sin techo, calentarse los que tienen casas frías, ver la prensa los que no pueden comprarla, conectar con su familia los que la dejaron lejos, buscar trabajo los parados, pasar noches mágicas los niños. Vales para todo y para todos.

Te admiro porque eres garantía de la paz, y porque cuando has sido atacada por las guerras te has reconstruido y has seguido viviendo y sembrando tolerancia.

No sé si la atracción por ti que he sentido desde el vientre de mi madre es síntoma suficiente del amor. Pero si se le añade esta admiración ilimitada que en cuarenta años de trabajo has conseguido sembrar en mi interior, puedo decirte con el corazón rendido: ”Biblioteca, yo te amo”’.

Y esta otra es de Segunda Pérez: