La Marea Amarilla se cuela en la tele

ahora caigo

Un bibliotecario comprometido se coló el pasado 3 de Diciembre en el popular programa de Antena 3 “Ahora caigo” y lidió con presteza ante las bromas amistosas del presentador, Arturo Valls, sobre nuestra profesión. Más adelante, abrió su camisa y, cual Superman, descubrió su logo: “Jo amo les biblioteques públiques”.

Podéis verlo a partir del minuto 12:30.

http://www.atresplayer.com/television/programas/ahora-caigo/temporada-1/capitulo-779-03-12-14_2014120300214.html

Carta en defensa de la Biblioteca Pública

Desde Barcelona nos llega esta Carta en defensa de la Biblioteca Pública. Gracias, colegas.

Estimado ciudadano:

España ha retrocedido mucho desde la crisis, como si una gran ola, que se apellida política, hubiera engullido nuestras orillas. No digo nada extraño pues en cualquier bar -dicho de con modos más eficaces- se puede oír la consigna: “nuestros hijos vivirán peor que nuestros padres” y eso se debe, cosa inédita, a la acción económica y no a la enfermedad, a la guerra o al hambre. Se trata de una catástrofe causada por el hombre y que será el hombre con su intervención civil quien la detenga o la acreciente.

Debiera consolarnos saber que en nuestras manos queda esa responsabilidad y no en la de los políticos, sujetos responsables del bien público, pero actores sigilosos en momentos cruciales. Todas las conquistas sociales se han ratificado a través de las constituciones y de las leyes, pero han nacido -llama auroral- en la lucha colectiva, en la reacción pública de las gentes, en huelgas, en manifestaciones, en escraches…

El mundo, hasta hoy, llegado el ocaso de esta ilusión de modernidad, había salido de su encierro prerracional, había despertado del mito y se había internado en el logos, gracias a las ideas, al discurso, a la investigación para dejar atrás los rituales, las fórmulas, los dogmas de fe. Si no queremos replegarnos al embuste de los dioses y cerrar la fuente de la razón, es prioritario restaurar y mantener nuestras bibliotecas públicas.

Desde 2012 se ha congelado la adquisición de nuevos fondos y las oposiciones. Se han cerrado de forma permanente muchas bibliotecas y se ha reducido el horario de otras. Se cercenó el Plan del Fomento a la Lectura. Se firmó un recorte del 60%. Llegan rumores del préstamo por pago y de la creciente externalización (traducción del eufemismo: privatización) del personal. No resulta baladí y es muy simbólica la absorción del Ministerio de Cultura en el de Educación. Han sido sustituidas o relegadas las bibliotecas rurales por el bibliobús. La elección de subvenciones para editoriales no queda en manos de las bibliotecas, en la elección del interés común, sino en función de galardones y obras completas. Los presupuestos son opacos para el que ignora el lenguaje económico y administrativo, pero más allá de porcentajes queda en pie una certeza: nuestras bibliotecas están siendo desmanteladas.

Ya desde pequeño sentí una devoción, rara vez compartida, al pisar estos centros de sabiduría, nuestros paraísos terrenales. El silencio y la luz tenue contrastaban con mi impaciencia, con mi nerviosismo, con un entusiasmo genuino por acariciar algún nuevo ejemplar, ya fuera un tomo de mitología o un tebeo. Por aquel entonces todo resultaba más burocrático: existían fichas almacenadas en enormes archivos, el préstamo suponía un ritual que hoy se ha desvanecido en favor de una mayor sensación de comodidad, una impresión de estar en casa.

Esa percepción de que la biblioteca es de todos ha ido aumentando con el tiempo. El propio Salinas confesaba en El Defensor cómo admiraba las bibliotecas americanas, cuando las españolas aún impedían ya antes de la dictadura muchas novelas –con contadas excepciones: Cervantes, Pereda, algunas de Galdós-, sólo admitían 6 horas de lectura y tenían ese aire de seriedad y frialdad que asustaba al recién llegado. Escribía estas preclaras frases: “las bibliotecas son en cierto modo intemporales, escapan a los dictados de la mera actualidad, trabajan sobre todo el pasado y en vida de todo el futuro”. Francisco Ayala compartía la misma preocupación y reconocía la misión humanitaria de estos centros, capital para la democracia, aorta y pulmón del progreso social.

Las bibliotecas no son ya mausoleos o cementerios de sabios sino cenáculos luminosos, escenarios acogedores para ejercitar la mente y la imaginación, donde circulan los libros sin paredones ni gruesas alfombras. Son un recinto democrático, tierra comunal con hormigas de letras como pan nuestro de cada día, que integra –permitidme una imagen tópica, aunque ilustrativa- al paquistaní que quiere comunicarse con su lejana familia a través de la red, a la anciana que busca una revista de costura, a los niños que escuchan asombrados al cuentacuentos, al joven que descubre un Don Giovanni de Mozart inasequible para sus bolsillos, a la universitaria que encuentra el espacio para concentrarse en su doctorado, al aficionado al cómic que sus padres no pueden comprarle…

En una sociedad laica, las iglesias son relevadas por nuestras bibliotecas y en lugar de una nacional, suntuosa y visitada por el turista, hay una humilde en cada barrio, municipio o pueblo, diseminadas como cerillas, donde acude la humanidad a mejorarse y divertirse.

Todo eso puede perderse. Hace algún tiempo que suena una alarma, un aullido de emergencia que vibra en los tímpanos, tan intenso y duradero que algunos ya no logran percibirlo. La causa no es un peligro nuclear o una contaminación química. El peligro es de otra naturaleza: los pacientes se están quedando sin hospitales, los hambrientos sin comedores, los desahuciados sin casas, los analfabetos sin escuelas. Y nuestra democracia sin bibliotecas públicas. La consigna en estos casos de amenaza solía ser: escóndanse, esperen a que pase el peligro, no sean demagogos ni temerarios… Si queremos sobrevivir, si oyen esa alarma, si aún no se han escondido bajo la viga maestra a esperar, salgan a la calle a proteger su parte de la orilla.

Y recuerden las palabras de Neil Gaiman: “Google puede devolverte 100.000 respuestas, un bibliotecario puede devolverte la correcta”. Visiten las bibliotecas y escuchen a Casandra, a través de estos enlaces, que nos advierten que Troya podría arder:

http://noalprestamodepago.org/

http://defensabibliotecaria.blogspot.com.es/

http://coabdm.wordpress.com/2012/01/23/ponte-la-amarilla-en-defensa-de-la-biblioteca-publica/

Firmado, un lector.

Posdata: Según el último informe PISA sobre educación, Finlandia es el país número uno en Europa y el éxito se debe, entre otras cosas, a que encajan tres estructuras: la familia, la escuela y los recursos socio-culturales. De estas familias el 80% va a las bibliotecas los fines de semana (María Teresa Sans García)